De diez a siete

Temprano a la mañana, cada día me cuesta más levantarme al alba, y ver que se acerca una primavera calurosa y opacada por el hollín que nunca se toma vacaciones.
Llego veinte minutos antes de la hora de abrir la oficina. Prendo la computadora y me preparo café. El teléfono ya había empezado a sonar. "Luz, es para una consulta, lo atendés vos?".
- No. Decile que no llegué. Tomale los datos que después lo llamo.
Y agrego
- Hasta las diez y cuarto no estoy para nadie.
La realidad es que éste día no soporto a nadie. Ni a mí misma. Empezando por mí misma. Me detesto. Odio el sonido de tu voz con la misma intensidad con que amo su timbre de reproche manso. Adoro el sonido de la mía, lamentándome por no tener más tiempo para cantar en la semana.
Deseo con todas mis fuerzas que ni mi jefe ni mi jefa vengan hoy, al menos no hasta entrada la tarde. Trabajo mejor cuando no me hablan, mucho menos aquella gente que no sabe ni lidiar con su propia higiene personal (ella no se lava el pelo y él tiene un serio problema de olor corporal bajo su camisa Dior), menos aún conocer cómo se lleva un trabajo adelante. Recuerdo que cuando era más chica/joven, y hasta avanzada mi etapa universitaria, no podía delegar trabajo. Sentía que todo lo tenía que hacer yo, para que estuviera bien hecho.
Así quedé. Obsesiva. Perfeccionista. Intensa hasta los huesos.
Pasa el día, lento, interminable. Uno tras otro atiendo llamados, atiendo clientes con una sonrisa apagada y anestesiada. Eficiente, prolija y silenciosa, me rio de sus chistes. Una mujer de unos cuarenta años me pregunta si tengo hijos. Le digo que no, que todavía no, pero planeo tenerlos alguna vez. Me pregunta también si estoy casada. Le digo que tampoco. Me cuenta de su divorcio dramático y de cuánto sufrieron los hijos el que su padre se haya ido a vivir a Europa. No me acuerdo si era a Italia o a España, y que por eso no puede llevarlos fuera del país, no tiene la autorización de él. Se va, contenta, con sus pasajes y su recibo.
Me quedo pensando, me construyo una historia, una ficción donde ella echa a su marido de su casa les habla mal del padre a los hijos, los aparta de él, les dice que se ha ido a vivir lejos. Me lo cuenta a mí para creérselo ella misma y sentir menos culpa. Porque así son muchas mujeres, mezquinas, manipuladoras, así es mi pobre y querida madre, así fue con mi padre. Su mezquindad se volvió en contra de ella, se volvió autoflagelación.
Nunca más tocó un hombre desde que yo tenía 12 años y se quedo sola. Muy poco mujer, si me lo preguntan.
Y yo, muy machista. Siempre fui machista. No me jacto de ello, pero tampoco me avergüenza. Escucho a mis compañeras de trabajo hablar de cómo engañan a sus novios. No sé si me hace sentir orgullosa o súmamente estúpida no saber lo que es ponerle cuernos a una persona. Finalmente decido que me quiero un poco más por ser así, y mientras me tomo otra taza de café, elijo mirar un rato por la ventana: la calle Suipacha y cómo corre la gente que va y que viene.
Me pregunto qué estarás haciendo, miro el reloj y no sé por qué se me ocurre que estarás caminando, alto, silencioso, apagado, adorable como tu mirada y tus hombros, donde me gusta apoyar la cabeza cada tanto, cuando me abrazás.
